La edad ingrata

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—Claro que lo sé, y precisamente por eso lo he afirmado. Ya ves que no me muestro remilgado ni misterioso ni tímido al respecto; lo expongo lisa y llanamente y te desafío a que me contradigas. ¿Quién, si yo no soy tu mejor amigo, es un amigo mejor?

—Pues —contestó Nanda— desde que conozco al señor Longdon me parece que tengo casi el tipo de amigo que eclipsa a todos los demás.

—¿O sea que en el plazo de tres meses él ha adquirido para ti un valor que yo no he alcanzado en todos estos años?

—Sí —respondió—: el valor consistente en que él no me inspira temor.

Sin alzarse del banco, Vanderbank cambió de postura, orientándose más hacia ella apoyando un brazo sobre el respaldo y preguntando:

—Y ¿sí te inspiro temor yo?

—Un temor horrible, monstruoso.

—Entonces, ¿es que nuestras largas relaciones felices…?

—Son precisamente lo que hace que mi terror —espetó ella— sea especialmente abyecto. No importan las relaciones felices. Siempre pienso en ti con miedo.

Él mantuvo el codo sobre el respaldo del asiento, sosteniéndose la cabeza con la mano; y dijo:

—¡Cuán rematadamente curioso… si ello fuese verídico!


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