La edad ingrata

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Ella había permanecido con la mirada perdida en la dulce lejanía inglesa, pero al oír aquello hizo un gesto:

—¡Quia, señor Van, yo soy «verídica»!

Como quiera que en ningún momento ulterior el propio señor Van habría sabido expresar, ante ningún interesado amigo, el preciso efecto que le causó el tono de aquellas palabras, su cronista se aprovecha de la circunstancia para no pretender estar en posesión de una inteligencia mayor; su cronista se limita, por el contrario, a constatar escuetamente que aquellas palabras causaron en la mejilla del señor Van un sonrojo más bien perceptible.

—Miedo ¿de qué? —inquirió él.

—No sé. El miedo es el miedo.

—Sí, sí…, entiendo. —Él extrajo otro cigarrillo y ocupó un momento en encenderlo; luego dijo—: Pues también la gentileza es la gentileza; eso es todo lo que servidor puede decir.

Él pudo dar unas cuantas chupadas antes de que ella se volviera hacia él preguntando:

—¿Te he herido al decir eso?

Una cierta prolongación del sonrojo masculino apareció en la sonrisa masculina:


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