La edad ingrata

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—Me parece que me gustaría que me hirieses. Lo que hice un momento atrás fue lograr lo que me proponía —siguió con cierta precipitación—. Te sonsaqué ladinamente sobre la cuestión del señor Longdon. Ése era mi objetivo: ni más ni menos que hacerte desembuchar.

—Pues bien —dijo Nanda, volviendo a apartar la mirada—, el señor Longdon ha entrado en mi vida.

—No habría podido entrar en ninguna otra parte donde me proporcionara mayor satisfacción verlo.

—Pero no le gustó, hace poco, cuando la empleé ante él, esa expresión —replicó la muchacha—. La calificó de «amanerada jerga moderna» y una vez más se extendió sobre la extraordinaria diferencia entre mi forma de hablar y la de mi abuela.

—Es lógico —asintió el joven compasivamente—. Pero a mí me gusta bastante tu forma de hablar. ¿Es que a estas alturas, en lo que a ti respecta —continuó—, el señor Longdon aún no ha franqueado el abismo? Conmigo ya lo ha hecho.

—Huy, contigo nunca hubo abismo. Tú le agradaste desde el principio.

Vanderbank se sintió asombrado:

—¿Quieres decir que lo manejé así de bien?


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