La edad ingrata
La edad ingrata —No sé cuán bien lo manejarÃas, pero llegar a apreciarme ha sido para él un penoso proceso gradual. Creo que ahora sà que me aprecia —declaró Nanda—. Por fin me acepta como disÃmil: está procurando tratarme sobre esa base. Ha acabado por comprender que cuando me habla de mi abuela ni siquiera logro imaginármela.
Vanderbank exhaló una bocanada:
—Yo lo logro.
—Eso mismo dice Mitchy. Pero es probable que ambos os la imaginéis erróneamente.
—No sé —dijo Vanderbank—; le he consagrado a ese asunto una notable cantidad de tiempo. Pero somos de una generación muy distinta. No podemos ser griegos ni aunque queramos.
Ni siquiera esto suscitó en Nanda una carcajada, aunque sà una viva atención:
—¿Llamas griega a mi abuela?
Su compañero se puso en pie lentamente, respondiendo:
—SÃ… para concluir elegantemente con ella. —Tomó a consultar su reloj—: ¿Nos vamos? Deseo comprobar si ya han llegado mi criado y mis cosas.
Ella continuó sentada; habÃa un punto sobre el cual querÃa volver: