La edad ingrata

La edad ingrata

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—El miedo que te tengo no es superficial. Quiero decir que no es inmediato: no es miedo de ti tal como eres en este momento —aclaró—. Es de un tú futuro y lamentablemente posible.

—Bueno —dijo el joven, sonriéndole—, no olvides que si termina existiendo semejante monstruo, también existirá una tú futura, proporcionalmente evolucionada, capaz de hacerle frente.

Por estar a la sombra, Nanda había cerrado su quitasol, y su mirada se concentró en el agujerito que con la punta había excavado en el suelo:

—¿Quieres decir que ambos habremos progresado?

—Es maravilloso pensar que probablemente habremos progresado juntos.

—Oh, si progresar es cambiar —repuso ella—, no hay ni que pensar en ello: yo nunca cambiaré, siempre seré la misma. La misma amanerada, juerguista, moderna burrita de carga —completó con entera seriedad—. El señor Longdon me ha hecho caer en la cuenta de ello.

Vanderbank se rió estrepitosamente, y en especial ante la seriedad de la muchacha:

—¡Hay que ver qué cosas se te ocurren!


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