La edad ingrata
La edad ingrata —Es la pura verdad —insistió ella—; tal como soy, asà permaneceré. Carezco de lo que suele denominarse tendencia evolutiva. —Haciendo marcas en la tierra con la sombrilla, ella parecÃa escribir en clave sus propias palabras—. Ya soy todo lo buena que puedo llegar a ser… y todo lo mala. Si el señor Longdon no puede volverme diferente, es que nadie puede.
Vanderbank no pudo menos que hablar con tono de sentirse muy divertido:
—¿Y el señor Longdon ya ha abandonado toda esperanza?
—SÃ, aunque no me ha abandonado a mÃ…, por lo menos no del todo. Pero sà la esperanza que en un principio habÃa abrigado.
—Abandona muy rápido: ¡en tres meses!
—Oh, estos tres meses —repuso ella— han sido un largo perÃodo: el más pleno, el más trascendental de mi vida, en virtud de lo que ha ocurrido durante ellos. —Siguió hurgando en el suelo; después añadió—: Y todo gracias a ti.
—¿A m� —Vanderbank lo encontraba inconcebible.