La edad ingrata
La edad ingrata —Caramba, por lo que hemos comentado hace un rato: cómo ahora participo en todo y pateo las escalinatas de las mansiones de todo quisque. ¿A que es una atestada hora de vida gloriosa? —preguntó—. Lo que la precedió fue toda una edad, no cabe duda; pero una edad sin nombre.
Vanderbank la contempló un rato en silencio, luego habló asaz digresivamente:
—¡Es sorprendente cómo en ciertos momentos me recuerdas a tu madre!
Ante esto ella se puso en pie:
—¡Ah, helo ahÃ! Ése es el sambenito que nunca me sacudiré de encima. Es lo mismo, imagino, que siente el señor Longdon.
Habiéndose puesto ambos en pie ahora, como prestos a reunirse con los demás, de todos modos —e incluso una pizca desmañadamente— se quedaron inmóviles. Por cierto que a un espectador habrÃa podido parecerle que algún momento culminante habÃa desembocado, por parte del joven, en cierto estado de irresolución respecto de si decir alguna cosa especial. ¿Cuáles fueron las palabras que repetidamente pugnaron por acudir a los labios masculinos y que, no obstante, repetidamente no fueron articuladas por los mismos? A nuestro observador se le habrÃa antojado que probablemente no fueron éstas que aun ahora acabaron siendo pronunciadas: