La edad ingrata
La edad ingrata —¿El señor Longdon no te habla tal vez demasiado sobre ti misma?
Nanda lo obsequió con una tenue sonrisa, y lo cierto es que en aquel instante él habrÃa podido proferir una exclamación asombrado ante cierta similitud, una similitud de expresión que era independiente de cualquier cuestión de comportamiento. En opinión de él dicha similitud no se habrÃa visto aminorada, Ãtem más, por el modo victorioso en que ella suprimió todo indicio de considerar un poco humillante aquella pregunta. El poder evocador que él habÃa mencionado previamente no pudo, empero, al responderle ella, sino ser barrido por una súbita conciencia que él tuvo de su propia indelicadeza.
—Probablemente no se trata tanto de eso cuanto de mi propia forma de seguirle la corriente. —Ella hablaba con una dulzura que a duras penas habrÃa podido ser tan plena sin un cierto esfuerzo—. Entre su paciencia y mi egocentrismo cualquier cosa es posible. No se debe a que el señor Longdon me hable, sino a que me escucha. —En todo caso ella abandonó aquel punto como por deferencia hacia su presente acompañante—: ¿No fuiste tú quien le dijo a mamá que yo debÃa asistir a las tertulias del salón? A ello me referÃa con eso de lo que tengo que agradecerte. Es gracias a ti por lo que perpetuamente asisto… gracias a ti y quizá un poco gracias a Mitchy.