La edad ingrata

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—Oh, ha debido ser gracias a Mitchy más bien que gracias a mí. —Vanderbank habló con el estilo de seguirle el humor a su compañera acerca de una futesa—. Ese delicioso sujeto que es Mitchy tenía ideas sobre el particular, creo, más acuciantes.

Abandonaron juntos el lugar y al cabo de unos cuantos pasos se apercibieron del acercamiento de uno de los otros invitados: una figura a tan sólo unos metros de distancia, que venía siguiendo la misma senda que tomara Nanda.

—¡Anda, el señor Longdon! —Ahora habló ilusionada.

Al instante Vanderbank le hizo señas con el sombrero mientras exclamaba:

—¡El querido y viejo amigo!

—Entre todos, en cualquier caso —dijo ella con mayor alborozo—, me habéis hecho descender.

Vanderbank no dio ninguna respuesta hasta que se reunieron con su mutuo amigo, momento en que, a guisa de saludo, se limitó a hacerse eco de las palabras de la muchacha:

—Entre todos, se sentirá usted interesado de saberlo, la hemos hecho descender.

El señor Longdon miró de uno a otra, e inquirió:

—¿Qué habéis estado haciendo juntos?

Nanda se adelantó a contestar:


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