La edad ingrata
La edad ingrata —Simplemente hablando… sentados en un banco.
—¡Bien, yo quiero hablar sentado en un banco! —El anciano exhibió brÃo.
—Conmigo, como es natural. —Vanderbank acogió ilusionado aquello.
La muchacha no dijo nada, mas el señor Longdon la miró a los ojos y manifestó:
—No: con Nanda. Usted debe sumarse a la concurrencia.
—¡Huy —exclamó riendo su compañero—, ustedes dos son la concurrencia!
—Bueno, pues primero váyase a tomar el té.
Ante esto, desistiendo con una carcajada, Vanderbank le dio al señor Longdon, antes de retirarse, el apretón de manos salutatorio que antes habÃa omitido, gesto tanto más cálido merced al tono de broma con que exclamó al mismo tiempo:
—Intrigant!