La edad ingrata

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Ella reflexionó un instante, sin abandonar su seriedad, y ello muy bien pudo ahondar la impresión del señor Longdon de que la muchacha era penetrante.

—Pues a sí mismo. Quiero decir a su dinero. A cualquier cosa que pueda pensar nadie. A Lord Petherton, sin ir más lejos, en absoluto. Lord Petherton cree haberle abierto muchas puertas… cree, es decir, que Mitchy lo cree. Pero Mitchy se divierte a costa de él más que de ningún otro. Los obnubila a todos.

—¿A todos menos a ti?

—Oh, yo lo aprecio.

—¡Mi pobre muchacha, eres de una perspicacia inaudita! —se lamentó el señor Longdon.

Él había hablado casi con disgusto, pero ella no se sintió lo bastante alarmada como para no continuar siendo clara:

—Y él me aprecia a mí, y sé cuánto; y también cuán poco. Es el hombre más generoso del mundo. Lo complace poder sentirse indiferente y munífico: eso lo compensa por tantas y tantas cosas. —El anciano escuchaba con atención, y su joven amiga, consciente de ello, siguió como sobre un terreno del cual conocía cada palmo—: Es hijo, como ya sabe usted, de un gran fabricante de calzados («abastecedor de todas las Cortes de Europa») que le dejó una gran fortuna, que había sido amasada, creo, por muy extraordinario que parezca, también a base de especulaciones inmobiliarias.


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