La edad ingrata

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—Oh sí, ya lo sé. ¡Es asombroso! —suspiró su compañero.

—¿Es asombroso que él provenga de tal extracción?

—Caramba, es asombroso todo. Que estés hablando de esta forma…, que hayas «observado la vida», como tú dices, hasta tales extremos. Que cualquiera de nosotros esté aquí…, especialmente que esté aquí el señor Mitchett. Que la hija de tu abuela haya traído a su hija…

—…¿a visitar a una persona —Nanda recogió sus palabras toda vez que, aparentemente por delicadeza, él se había callado bruscamente— cuyo padre solía tomarle las medidas, de rodillas sobre un diminuto felpudo, al notablemente voluminoso pie de mi abuelo, como dice mamá? Sí, a ninguno de nosotros le importa eso. ¿Cree usted que debería importamos? —preguntó Nanda.

El señor Longdon le dio vueltas a aquello:

—Voy a contestarte con una pregunta. ¿Te casarías con él?

—Jamás. —Después, como para demostrar que su tierno acento no ocultaba ninguna flaqueza, reiteró—: Jamás, jamás, jamás.

—Y, aun así, supongo que sabes… —Pero una vez más el señor Longdon dudó; sus escrúpulos salieron a la superficie—: ¿Te molesta que yo hable sobre ello?


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