La edad ingrata
La edad ingrata —¿Sobre que él cree querer casarse conmigo? Qué va. Me complace enormemente decirle a usted que todo ello es agua de borrajas.
—¿Incluso por parte de él?
Nanda reflexionó; y respondió:
—SÃ, desde el momento en que él se siente aliviado por haber averiguado, gracias a conversaciones y detalles (pues, si no, no se lo habrÃa creÃdo), que sà lo aprecio. Yo no habrÃa acudido aquà si no lo apreciase.
—¿Ni siquiera por ningún otro aliciente distinto? —inquirió con seriedad el señor Longdon.
—¿Quiere decir ni siquiera porque usted iba a estar aqu�
Él titubeó:
—Yo y otras personas.
De algún modo ella demostró no estar dispuesta a amilanarse:
—Usted no fue invitado hasta que él se aseguró de que yo acudirÃa. Nos hemos convertido usted y yo —sonrió— en una de esas parejas a cuyos componentes siempre se los invita juntos.
Ésas eran parejas, según pareció deducirse de la especulativa mirada masculina, de las cuales él nunca habÃa oÃdo hablar, y si él las estudió mentalmente unos instantes fue sólo para olvidarlas con presteza: