La edad ingrata

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—Me parece que no expresas la coyuntura con la suficiente vividez, ya me entiendes.

—¿Que Mitchy ha sufrido un duro golpe sentimental? Él mismo la expresa con tal vividez que seguramente basta y sobra para reparar cualquier omisión mía. Yo formo parte de lo que acabo de decirle hace un rato: de su indiferencia y su munificencia. Es como si él sólo pudiera tolerarse hacer cosas no vulgares. Podría perfectamente casarse con la hija de un duque, pero eso sería vulgar: sería el ideal y la necesidad absolutos de nueve de cada diez hijos de zapatero vueltos ambiciosos por la fortuna. Mitchy se dice: «No; yo tengo mi propia línea de conducta; yo quiero casarme con una pordiosera». Y es únicamente porque soy una pordiosera por lo que me ama.

—Pero hay muchísimas otras pordioseras —objetó el señor Longdon.

—Oh, reconozco que yo soy la que menos lo asquea. Pero si yo tuviera algún dinero —insistió Nanda— o fuese realmente hermosa (pues hoy día eso, la belleza genuina, cuenta tanto como ser hija de un duque), él ni se me acercaría. Y creo que con eso está todo dicho. Aparte, él debe casarse con Aggie. También ella es una pordiosera… así como un ángel; de modo que cumple los requisitos.


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