La edad ingrata
La edad ingrata El señor Longdon se quedó mirando pasmado, pero incluso en su asombro pareció extraer de la agilidad con que ella lo habÃa hecho recorrer el problema una cierta sonrisa de placer:
—¿A «Aggie» le agrada él?
—A ella le agrada todo el mundo. Como digo, es un ángel… pero de los de verdad. Por consiguiente el hombre más amable del mundo es el marido adecuado para ella. Si Mitchy quiere hacer algo absolutamente hermoso —declaró ella con la misma elevada sabidurÃa—, pues entonces que la rescate de su situación, la cual es horrorosa.
El señor Longdon se puso más serio:
—¿En qué sentido es horrorosa?
—Caray, ¿no está usted al tanto? —Ahora la mirada masculina fue lo bastante gélida para infundirle a ella, en su escalofrÃo, una turbada sensación de que lo disgustarÃa menos recurriendo a una elegante liviandad—: La duquesa y Lord Petherton son como usted y yo.
—¿Se trata de un acertijo? —Él se mostró de veras serio.