La edad ingrata

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—Son una de esas parejas a cuyos componentes siempre se los invita juntos. —Pero el semblante del señor Longdon reflejó tan escaso triunfo de la liviandad femenina que fue en un tono distinto como seguidamente ella agregó—: Lo cierto es que Mitchy no habría debido invitarlos juntos. —En silencio, su amigo fijó la mirada en el suelo: una actitud en que hubo algo que la hizo inflamarse—: Pero claro está que, con lo amable que es Mitchy, apenas podemos caracterizarlo como riguroso. Tiene sus peculiares ideas: piensa que todo da igual. Dice que todos hemos llegado hasta tales extremos que es el acabóse.

El señor Longdon enmudeció durante un rato, y cuando al final alzó los ojos fue sin encarar los de Nanda y con cierta sequedad de modales:

—¿El acabóse? No es difícil compartir esa impresión.

Otra vez el anciano enmudeció, y entre ellos se produjo un silencio de alguna duración, acogido por Nanda con una intranquila inmovilidad que a un espectador habría podido conmoverlo observar. Permaneció allí sentada como aguardando alguna señal ulterior, deseando únicamente no disgustar a su amigo, mas incapaz de interpretar un papel y obviamente agobiada por algo que ya era demasiado tarde para revocar, algo vislumbrado cuando por primera vez ella había asumido que de su mutua relación acabaría surgiendo un entendimiento tácito.


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