La edad ingrata
La edad ingrata —¿Será que se muestra tan rumboso con algún propósito determinado? ¿Sospecha usted qué se propone? —insistió Nanda—. Él dice, de la más extraordinaria de las maneras, que lo hace todo por mÃ.
—¿Alquila esta gran propiedad y la llena de sirvientes e invitados…?
—SÃ: tan sólo para que yo pueda venir de visita un fin de semana o dos. Claro está que sólo la ha alquilado por tres o cuatro semanas, pero incluso ese perÃodo es un bonito piropo. No le concede importancia a lo que hace. Es su forma de divertirse. Se divierte a nuestra costa —siguió la muchacha.
—¡Pues espero que eso lo compense, querida, por el grado hasta el cual nosotros nos divertimos a la suya!
—La diversión de él —dijo Nanda— consiste en vemos comprobar que está dispuesto a cumplir todo lo que dice.
El señor Longdon reflexionó unos instantes.
—En verdad, hija mÃa, eres sumamente aguda.
—¡Oh, no he observado la vida en balde! Mitchy no le concede importancia —repitió.
Su compañero semejó dividido entre un deseo de saber más y un cierto temor a alentarla.
—¿A qué no le concede importancia? —preguntó al fin.