La edad ingrata
La edad ingrata Él calló durante tanto rato que ella se sintió intrigada:
—¿Y bien? ¿Qué pasará cuando lo estemos?
—Caramba, pues que todo irá bien —concluyó él con llaneza—. Templos de paz, solÃan denominarlos los antiguos. Nosotros edificaremos uno, y yo seré como mÃnimo el guardián. Tú podrás acudir siempre que quieras.
Ella se le confió con su silencio más de lo que habrÃa podido hacerlo con palabras.
—¿Lo ha acordado usted con mamá? —inquirió, empero, por último.
—Lo he acordado todo.
—¿Ella no deseará acompañarme?
A su amigo la risa lo hizo volverse hacia ella:
—No te preocupes. Hay asuntos en los cuales tu madre confÃa en mÃ.
—Pero otros en los cuales no.
Ante esto sus miradas se encontraron durante un rato fugaz, y ello concluyó con que él dijo:
—Pues entonces debes ayudarme. —Aunque sin apocarse, Nanda desvió la mirada; y el señor Longdon, como para sellar mediante un aire de intrascendencia su mutuo entendimiento, pasó a otra materia—: El señor Mitchett es el más opÃparo de los anfitriones.