La edad ingrata
La edad ingrata —Tú misma lo has calificado como algo apasionante. Naturalmente ya te ocuparás de establecer uno de tus refinados distingos, pero yo lo califico, a mi tosco modo, como una vorágine. Aquà no se hace otra cosa que dar vueltas y más vueltas. —En un santiamén él se habÃa cruzado de brazos con la misma tiesura de Vanderbank un rato antes; en un santiamén asimismo ya estaba agitando el pie nerviosamente—. Paz, paz; si nos mantenemos sentados podremos resistirlo. Pero para recobrar la serenidad ven a visitar Suffolk.
—¿Quiere eso decir que puedo ir sola?
—No pienso acogerte, te lo aseguro, más que sobre esa premisa. Quiero enseñarte —insistió— lo que la vida puede ofrecer. Por supuesto no —agregó— en el sentido del presente tipo de cosas.
—No, claro: acaba usted de decÃrmelo. En el sentido de paz.
—De paz —dijo el señor Longdon—. Oh, no puedes imaginártelo, no tienes ni la menor idea. Es precisamente la razón de que quiera yo enseñártelo.
Nanda dio la impresión de ser capaz de ver ya aquello desde lejos:
—Pero ¿habrá paz si yo estoy presente all� Quiero decir para usted —completó.
—No es cuestión de «mû. Las tortillas de todo hijo de vecino se hacen cascando huevos ajenos. Por lo demás, creo que cuando estemos juntos en soledad…