La edad ingrata
La edad ingrata —¿Yo habrÃa podido enviarte a ti a la mansión? Vaya —respondió el señor Longdon—, es que creo que cada vez administro mis placeres con mayor sentido económico. Cada vez más los abordo de uno en uno: procuro sacar de cada uno de ellos el mayor jugo posible.
—¿Conque en la actualidad está sacando el mayor jugo posible de mi?
—El mayor posible, querida, el mayor posible. —Él contempló un rato la enrojecida lejanÃa, después exclamó suavemente—: ¡Todo esto es, como dijiste hace un momento, apasionante! Y sin embargo me hace desear —y otra vez él se volvió abrupto—, tal como ya te he manifestado alguna que otra vez, que vinieras a visitar mi propiedad. Y no precisamente para sumergimos aún más en el barullo.
La muchacha compartió sentada en el banco lo que contemplaba el anciano:
—¿Llama usted a esto un barullo?
Él titubeó: