La edad ingrata
La edad ingrata —Muy hermosa. Pero eso no tiene la menor significación. A él, hoy dÃa, ella misma no serÃa capaz de reconocerlo.
Se quedó ligeramente boquiabierta:
—¿Su propia madre no serÃa capaz de…?
Fue casi brusco el ademán negativo que él realizó con la cabeza:
—No; ni él a ella. Hay un eslabón perdido. —Luego, como si al fin y al cabo ella pudiera tomárselo demasiado seriamente, él moralizó con mayor dulzura—: Claro está que fui yo el que perdà el eslabón durante mi letargo. He estado durmiendo medio siglo: soy Rip Van Winkle. —Un instante después, volvió sobre la pregunta de la muchacha—: Con todo y eso, él no se parece a su madre.
Nanda le dio vueltas a aquello:
—Quizá hoy dÃa usted no la tendrÃa en tan alta consideración.
—Quizá no. En todo caso fue exclusivamente mÃa la idea de separarte del señor Vanderbank.
—Yo no lo interpretaba —dijo Nanda— como que me hubiese usted separado. Lo interpretaba como que era usted mismo quien se habÃa separado de él.