La edad ingrata

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—Pero no fue por eso por lo que me deshice de él.

Nanda vaciló, pero dijo:

—Ya: usted no toma en cuenta todo lo que dice mamá.

—Yo no tomo en cuenta «todo» lo que dice nadie… ni siquiera, querida, cuando quien lo dice eres tú.

De nuevo ella guardó silencio un instante.

—¿Ni siquiera cuando quien lo dice es el señor Van? —sugirió por último.

El señor Longdon reflexionó sinceramente:

—Oh, yo hago caso de aseveraciones suyas de todas las índoles.

—En tal caso eso demuestra la importancia que tienen para usted. ¿Él se parece a su propia abuela? —continuó la muchacha. Entonces, como su compañero semejara confundido, inquirió—: ¿Usted no había conocido también a la abuela de él?

Él ofreció una sonrisa maravillosa:

—A su madre. —Ella profirió una exclamación, sonrojándose, a cuenta de aquella metedura de pata; y él agregó—: No soy tan sumamente perverso. Pero ninguno de vosotros dos os parecéis a ellas.

—¿Es que no era guapa la madre de él? —inquirió Nanda.


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