La edad ingrata
La edad ingrata —¿No le parece que todo esto es verdaderamente apasionante? Todo está dispuesto, el festín ha sido desplegado, y, sin nada que agite nuestras conciencias excepto la imprecisa sensación de que habrá personas y cosas, ocupamos cómodamente nuestros puestos. —Él no respondió nada, aunque por lo visto aquella descripción no lo había dejado indiferente—. Hay personas, hay cosas, y en generosa abundancia. Cuando usted se encaminó hacia este paraje, ¿ya habían hecho acto de presencia todos los invitados? —preguntó ella viendo que seguía callado.
—Creo que sí. En la terraza había varias damas y caballeros que no conocía. Pero yo sólo te buscaba a ti y seguí este rumbo por indicación de tu madre.
—Y ¿ella le pidió que si me encontraba en compañía del señor Van, usted lo hiciera ir a reunirse con ella?
Ante esto el señor Longdon reaccionó con cierta demora pero sin hacer ningún aspaviento:
—¿Cómo podía ella suponer que él estuviera aquí?
—¿Teniendo en cuenta que él aún no había hecho acto de presencia en la mansión? ¡Oh, eso es algo que siempre me ha asombrado: las cosas que mamá supone! Ya veo que sí se lo pidió —observó Nanda.
Al oír esto, su anciano amigo se volvió hacia ella: