La edad ingrata
La edad ingrata —Me avergüenzo horrores, pero el caso es que mucho me temo que lo ignoro. Ese mismo problema se le planteó aquà hace un ratito —siguió la muchacha— al señor Van.
El señor Longdon pareció meditar unos instantes, e inquirió:
—Oh, ¿dices que se le planteó? ¿Y el señor Van no fue capaz de contestar?
—Se le habÃa olvidado por completo… aunque ya habÃa estado aquà otra vez. Naturalmente debió de venir invitado por otros distintos avasalladores —agregó a modo de circunstancia atenuante—. Quiero decir que ellos no eran los auténticos propietarios más de lo que pueda serlo Mitchy.
—Entiendo. También ellos se habÃan limitado a mudarse aquà transitoriamente.
Nanda concluyó aquella sencilla historia:
—Hoy es Mitchy quien se ha mudado, y creo que a decir verdad fue nada más que ayer cuando se mudó. Se ha traÃdo a su cÃrculo, y henos aquÃ.
—¡Henos aquÃ, henos aquÃ! —hizo de eco su amigo con mayor seriedad—. ¡Pues bien, todo esto es espléndido!
Como ante una entonación peculiar en la voz masculina, la mirada de la muchacha, mientras la del anciano continuaba errática, lo atalayó exclusivamente a él: