La edad ingrata
La edad ingrata —Debemos regresar. —Ella se habÃa incorporado al mismo tiempo que él, y permanecieron allà de pie cara a cara en la semidesvanecida luz mientras él volvÃa a guardarse el reloj—. Bueno, eso no me hace desear menos tu casamiento.
—Es encantador por su parte desearlo, pero seré una de esas personas que no se casan. Y al cabo seré —dijo Nanda— una de esas personas que nunca se casaron.
—No, hija mÃa —replicó él gravemente—; jamás serás algo tan triste.
—¿Por qué no… si usted lo ha sido?
Él la escudriñó algunos instantes, calladamente; después, extendiendo la mano, pasó la de ella por debajo de su propio brazo:
—Precisamente porque lo he sido.