La edad ingrata
La edad ingrata —¡Me gustarÃa inmensamente que te casaras! —exclamó él finalmente como si, aunque de hecho fuera en eso en lo que él habÃa estado pensando, el gesto de ella hubiese sido lo que lo hubiese animado a concebir ese anhelo.
El tono masculino delató una intencionalidad tan especial que aquellas palabras sonaron a algo inesperado; mas en el semblante de Nanda habÃa siempre ese extraño aplomo de las jóvenes que han desaprendido a sorprenderse y cultivan taimadamente el hábito, en sociedad, de no despertar sospechas sobre su propia ingenuidad y no pestañear ante lo que diga nadie.
—¿Cómo podrÃa casarme? —preguntó ella, aunque pareciendo más bien aceptar la propuesta que desecharla.
—¿No puedes, no puedes? —Él habló acuciantemente y siguió reteniéndole la mano. Ella hizo un gesto negativo con la cabeza lentamente, marcadamente; ante lo cual él insistió—: No le haces justicia al señor Mitchy. —Ella no dijo nada, mas su mirada fue vivida, y eso lo hizo compendiar—: ¿Imposible?
—Imposible.
Ante esto, desasiéndola, el señor Longdon se puso en pie; sacó su reloj: