La edad ingrata
La edad ingrata Mientras ella hablaba, el señor Longdon había caído en algo que habría podido interpretarse como una transitoria sumisión voluntaria a ella: había descruzado las nerviosas piernas y, extendiéndolas del todo juntando los pies, había permanecido sentado mirando intensamente hacia adelante, con la barbilla sumida en el pecho y con las manos, raudamente entrelazadas, haciendo dar vueltas ociosamente a los pulgares. Así siguió durante un lapso que habría podido facultar a su joven amiga para sentir que se había congraciado con él tanto como antes había caído en desgracia ante él. Él acaparaba la atención femenina, igual que previamente ella había acaparado la masculina, pero mientras ahora él se limitaba a mirar contemplativamente y pensar, ella lo escudriñó con una discreta ansiedad que casi habría podido caracterizarlo como un querido pariente a quien ella supusiera indispuesto. Al cabo él lanzó una mirada en derredor y luego ella, obedeciendo algún impulso que había cobrado fuerza en su interior mientras estaban callados, le ofreció la misma delicada mano que le habría ofrecido a un niño enfermo. Habían estado hablando de franqueza, pero en este caso ella mostró una clase de franqueza que lo hizo ruborizarse visiblemente. A su vez debido a ello, empero, él no hizo sino reaccionar aún más vehementemente, cogiéndole la mano y sosteniéndosela, reteniéndola un largo instante durante el cual se encontraron sus miradas y pareció despejarse algo que habría sido demasiado oscuro para aclararlo por medio de palabras.