La edad ingrata

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—Vaya, no todo el mundo es tan admirable como usted. —Nanda le salió al paso con prontitud, pero no bien hubo hablado pareció haberse topado nuevamente con una dificultad—: Pero he ahí el mismísimo hecho de que yo diga incluso esto último. ¡Oh, de qué manera me doy cuenta (como ya le he dicho en otras ocasiones) cada vez que me muestro disímil! Me es imposible preguntarle a usted las cosas que mi abuela sí habría dicho, porque eso sería sencillamente tratar de camuflarme ante usted, y por lo tanto mostrarme deshonesta y ladina, cosa que naturalmente usted no desea, ni yo tampoco. Y sin embargo cuando digo las cosas que mi abuela no habría dicho, entonces le muestro a usted excesivamente (excesivamente como para que le agrade) lo que sé y veo y pienso. Aunque las dos fuésemos parcialmente resultado de las demás personas, las demás personas de ella eran muy diferentes. —La audacia vulnerable de la muchacha sostenía su discurso, y en ella había algo que reclamaba benevolencia—. Y, no obstante, si ella lo tenía a usted, igualmente lo tengo yo. Es la adulación de frases como ésta, o su sonido, lo sé muy bien, lo que no debe de parecerse en nada a mi abuela. Por supuesto, más bien se parece a mamá; aun así, no es como si usted no me hubiese hecho ya notar (¿verdad?) que en realidad usted no me considera igualita que mi abuela. —De nuevo ella calló un rato, como para discurrir el mejor modo de razonar con él; y de nuevo, por el momento, él no ofreció ninguna señal. Ella volvió a inflamarse con su insólita diafanidad implacable—: Mi abuela no era el tipo de muchacha que ella era incapaz de ser… y lo mismo me ocurre a mí.


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