La edad ingrata
La edad ingrata —¿Algo diferente, quiere decir, de lo que en realidad soy? Lo mismo he pensado yo desde el principio. Uno es ni más ni menos que lo que uno es, ¿no le parece? No hablo tanto —prosiguió ella— del carácter o del temperamento (pues éstos deben ser, ¿verdad?, lo que se denomina «debidamente controlados») cuanto de la mente y lo que uno discierne y opina y el tipo de cosas que percibe. —Nanda guardó silencio un instante; después espetó llanamente pero con algo de heroÃsmo—: ¡Helo ahÃ!
Con visible intensidad el señor Longdon meditó sobre aquello:
—Lo que insinúas, ¿es que las caracterÃsticas de tu conversación dependen de las demás personas que te rodean?