La edad ingrata
La edad ingrata —Pues entonces el señor Longdon cerrará filas con nosotros: de ahora en adelante considéralo tan de fiar como tú mismo. Aquà está la carta que querÃa que leyeras; cógela y por favor márchate a dar un paseo, llevándote contigo vigilantemente a mi hija, y luego tráenosla de vuelta. Si no volvéis, sabré que os habéis encontrado con Mitchy y me quedaré tranquila. Vete, corazón —continuó para la muchacha—, pero déjame tu libro para volver a examinarlo. ¡No sé si realmente te conviene! —Los despachó juntos, pero manifestó una severa protesta cuando su amigo extendió la mano para asir el volumen—: No, Petherton: no en cuestión de libros; en el asunto de las lecturas de mi niña no puedo decir que me fÃe de ti. Pero para todo lo demás… ¡desde luego! —declaró para el señor Longdon con una mirada de concienzuda bravura mientras se retiraba su otro compañero—. Yo soy partidaria —prosiguió con el mismo talante— de otorgar una cierta dosis de confianza inteligente. Los hombres verdaderamente majos se vuelven más responsables gracias a la sensación de que una ha depositado en ellos su confianza. ¡Pero yo nunca —agregó con desparpajo— fiarÃa en él para todos los asuntos!