La edad ingrata
La edad ingrata En Mertle muchas cosas le resultaban extrañas al interlocutor de la duquesa, pero acaso ninguna se lo habÃa resultado tanto como la visión de esta medida tomada para la protección de Aggie: una medida tomada para que ésta no dejara de ser lo que debÃa ser una jovencita de su edad y de su monde, como habrÃa dicho su tÃa. Además lo más extraño de esta impresión estaba en que era posible que realmente aquella diligencia tuviera su lado bueno y que realmente milord entendiera mejor que nadie toda la teorÃa de su aristocrática amiga sobre peligros y precauciones. La propia muchacha —de eso estuvo bastante seguro el espectador de este incidente— no entendÃa nada, pero los entendimientos que la rodeaban, llenando todo el aire, lo volvÃan un compuesto más denso de respirar que ninguno que alguna vez hubiese inhalado el señor Longdon. Para él dicha densidad habÃa ido aumentando en el transcurso del prolongado y dulce dÃa estival, y habÃa algo que la volvÃa definitivamente opresiva en el hecho de hallarse finalmente acomodado junto a la duquesa. Mas no por ello era éste un encuentro para eludir el cual habrÃa estado dispuesto a servirse de algún pretexto decente. Al punto a que él habÃa llegado, con tantos refinados misterios danzando a su alrededor, habÃa alivio más bien que preocupación en la idea de por fin enterarse de lo peor; y extrañamente le parecÃa natural no sólo que la duquesa estuviera al corriente de lo peor sino además que se sintiera propensa a comunicarlo en cualquier charla personal. Lo ponÃa un poco nervioso el hecho de que una persona que tenÃa tratos con Lord Petherton lo valorara tanto como para anhelar tenerlos también con él mismo: una tal persona debÃa poseer ora una amplia gama espiritual, ora una exorbitante idea de la gama de él. De hecho, cierto es que el propio señor Mitchett debÃa de tener los más singulares tratos y sin embargo actualmente él se sentÃa bastante a gusto en compañÃa del señor Mitchett. Su anfitrión, empero, era un individuo sui generis, la incoherencia de apreciar al cual él habÃa aceptado, de una vez por todas, en aras de la necesidad que ocasionalmente sentÃa de dejar constancia de no ser intransigente. En el fondo quizá apreciaba sumamente a Mitchy porque Mitchy apreciaba sumamente a Nanda; aparte que alrededor del anciano aleteaba la tenue fragancia de la superstición según la cual la hospitalidad no rehusada es una de esas cosas que «obligan». Para el señor Longdon obligaba tanto en lo tocante a los modales como a las opiniones, y en la especial medida en que ahora se sentÃa obligado lo habrÃa hecho preguntarse, de haber tenido verdaderamente una mala opinión, qué diablos era entonces lo que hacÃa él en este momento en la residencia de ese hombre. Todo lo cual no impedÃa que algunas de las insólitas transigencias de Mitchy —si de veras eran transigencias— no lo aliviaran precisamente, por sà mismas, de su vaga inquietud, una inquietud que jamás habÃa sido tan grande como en el instante en que escuchó a la duquesa decirle abruptamente: