La edad ingrata

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XIX

En Mertle muchas cosas le resultaban extrañas al interlocutor de la duquesa, pero acaso ninguna se lo había resultado tanto como la visión de esta medida tomada para la protección de Aggie: una medida tomada para que ésta no dejara de ser lo que debía ser una jovencita de su edad y de su monde, como habría dicho su tía. Además lo más extraño de esta impresión estaba en que era posible que realmente aquella diligencia tuviera su lado bueno y que realmente milord entendiera mejor que nadie toda la teoría de su aristocrática amiga sobre peligros y precauciones. La propia muchacha —de eso estuvo bastante seguro el espectador de este incidente— no entendía nada, pero los entendimientos que la rodeaban, llenando todo el aire, lo volvían un compuesto más denso de respirar que ninguno que alguna vez hubiese inhalado el señor Longdon. Para él dicha densidad había ido aumentando en el transcurso del prolongado y dulce día estival, y había algo que la volvía definitivamente opresiva en el hecho de hallarse finalmente acomodado junto a la duquesa. Mas no por ello era éste un encuentro para eludir el cual habría estado dispuesto a servirse de algún pretexto decente. Al punto a que él había llegado, con tantos refinados misterios danzando a su alrededor, había alivio más bien que preocupación en la idea de por fin enterarse de lo peor; y extrañamente le parecía natural no sólo que la duquesa estuviera al corriente de lo peor sino además que se sintiera propensa a comunicarlo en cualquier charla personal. Lo ponía un poco nervioso el hecho de que una persona que tenía tratos con Lord Petherton lo valorara tanto como para anhelar tenerlos también con él mismo: una tal persona debía poseer ora una amplia gama espiritual, ora una exorbitante idea de la gama de él. De hecho, cierto es que el propio señor Mitchett debía de tener los más singulares tratos y sin embargo actualmente él se sentía bastante a gusto en compañía del señor Mitchett. Su anfitrión, empero, era un individuo sui generis, la incoherencia de apreciar al cual él había aceptado, de una vez por todas, en aras de la necesidad que ocasionalmente sentía de dejar constancia de no ser intransigente. En el fondo quizá apreciaba sumamente a Mitchy porque Mitchy apreciaba sumamente a Nanda; aparte que alrededor del anciano aleteaba la tenue fragancia de la superstición según la cual la hospitalidad no rehusada es una de esas cosas que «obligan». Para el señor Longdon obligaba tanto en lo tocante a los modales como a las opiniones, y en la especial medida en que ahora se sentía obligado lo habría hecho preguntarse, de haber tenido verdaderamente una mala opinión, qué diablos era entonces lo que hacía él en este momento en la residencia de ese hombre. Todo lo cual no impedía que algunas de las insólitas transigencias de Mitchy —si de veras eran transigencias— no lo aliviaran precisamente, por sí mismas, de su vaga inquietud, una inquietud que jamás había sido tan grande como en el instante en que escuchó a la duquesa decirle abruptamente:


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