La edad ingrata
La edad ingrata —¿Sabe usted lo que pienso sobre Nanda? Tengo un especial deseo de hacérselo saber; ésa es la razón, a decir verdad, de que yo le haya echado a usted el guante asà de violentamente. Nanda, mi querido amigo, deberÃa casarse cuanto antes.
Esto era más interesante de lo que él se habÃa esperado, y el efecto producido por su interlocutora, que a ella misma indudablemente no se le escapó, se manifestó en el reprimido sobresalto de él:
—Hasta ahora no habÃa habido ningún motivo para que yo imaginara que tenÃa usted una opinión sobre este punto; pero yo mismo ya me habÃa formado una, y no sé por qué no habrÃa de declarar con franqueza que coincide asombrosamente con la que acaba usted de expresar. El casamiento de Nanda serÃa una cosa muy buena.
—¿Una cosa muy buena pero no de mi incumbencia? —La osadÃa de la duquesa no careció de amigabilidad.
Fue debido a esta circunstancia por lo que tal vez su compañero meditó un instante:
—Probablemente no me convenga decir eso: le proporcionarÃa a usted una fácil oportunidad de replicarme debidamente. Nada impide afirmar que es una cosa de su incumbencia tanto o más que de la mÃa.