La edad ingrata

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Ella había ido rápido y llegado lejos, pero al señor Longdon le había dado tiempo de sentirse perfectamente a flote. En todo aquello había tantísimas cosas que comentar, que él puso la mano —cuya flojedad, según no dejó de percatarse él mismo, lo puso en evidencia— sobre la que le quedaba más cerca:

—Quia, salta a la vista que la madre de Nanda (después de veinte años viviendo inmersa en el mundo londinense) sigue bastante lozana.

—¿Lozana? ¿Le parece lozana la señora Brook?

La duquesa tenía un estilo que, en su omnisapiencia, producía más humillación que ánimo; pero él se sintió tanto más decidido por ser consciente de sus propias reticencias:

—Creo que se puede tildar de lozano el parecer tener treinta años.

—Desde luego eso sería perfecto. Pero no es el caso de ella: ella parece tener tres. Sencillamente parece un bebé.

—¡Ah, duquesa, en verdad se muestra usted muy quisquillosa! —repuso él, dándose cuenta de que, así como hasta el más sufrido acaba por rebelarse, a veces la propia angustia puede transformarse en humorismo.

Ella lo encaró a su particular modo:


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