La edad ingrata
La edad ingrata —Ya lo verá… cuando lo vea. Nanda no tiene rasgos. No, ni uno solo —ahondó Vanderbank inexorablemente—; a no ser que digamos que tiene dos o tres de sobra. Lo que iba a decir es que Nanda exhibe en su expresión todo lo que de encantador hay en su carácter. Pero la belleza, en Londres —y, notando que habÃa conquistado la atención de su visitante, se dio el gusto de desarrollar libremente su idea—, la belleza sensacional, cegadora, chillona y despampanante, tan obvia como un cartel en una valla, un anuncio de jabón o whisky, algo que llame la atención de la muchedumbre y atraviese las candilejas, alcanza tal cotización en el mercado que la ausencia de ella inspira, en una mujer con una hija casadera, infinitos terrores y constituye para la desventurada pareja (por referirnos tan sólo a madre e hija) una especie de bancarrota mundana. Londres no adora lo latente o lo prometedor, no tiene tiempo ni gusto ni sensibilidad para nada que sea menos palmario que la bandera roja en la parte delantera de una apisonadora. Quiere el dinero a tocateja y letras de tres metros de altitud. Por consiguiente, ya lo ve, para la pobre Nanda todo esto es un feo asunto: un asunto que, en cierto modo, acapara el primer término de la pequeña vida interior de su madre. ¿Qué pinta tendrá, qué se opinará de ella y qué estará en condiciones de lograr? Ella está atravesando una edad en que toda esta cuestión (hablo de su apariencia, de su posible cuota de rasgos cautivadores) está todavÃa, valga la expresión, en tinieblas. Pero de ello depende todo.