La edad ingrata

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A estas alturas, el señor Longdon había vuelto a situarse cerca de él:

—Disculpe que me repita (es que incurre usted en cada elipsis…), pero, de nuevo, ¿qué entiende usted por todo?

—Caramba, su casamiento, naturalmente. Y sobre todo que su casamiento sea rápido.

El señor Longdon permaneció frente al sofá:

—¿Qué entiende usted por rápido?

—Vaya, por aquí sin duda nos levantamos más tarde que en Beccles; pero eso nos da, ya ve usted, días más cortos. Entiendo antes de un par de temporadas. Lo bastante pronto —amplió Vanderbank— para atajar la desazón… —Otra vez se interrumpió, con buen humor, ante la expresión de su amigo.

—¿Qué entiende usted por la desazón?

—Pues la contrariedad de que ella esté presente.

—De que ella esté presente ¿dónde?

—¡Vaya que es usted exhaustivo! —dijo riéndose Vanderbank. Pero se mostró perfectamente dispuesto—: Fuera del cuarto de los niños, que es donde está actualmente. En el salón de tertulias de su madre. Junto al fuego del hogar de su madre.

El señor Longdon se quedó extrañado:

—Pues ¿dónde debería estar si no?


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