La edad ingrata
La edad ingrata —Junto al de su propio marido, ¿no se da cuenta?
El señor Longdon miró como si se diera perfecta cuenta, mas no por ello estuvo dispuesto, en lo relativo a su indagación primordial, a ser desviado:
—Oh, desde luego —respondió con una leve rigidez—, pero no como si la hubieran introducido arrojándola por la chimenea. Cada cosa a su debido tiempo.
Vanderbank volvió las tomas contra él:
—¿Qué entiende usted por su debido tiempo?
—Caramba, el suficiente para que ella se haga amar.
Vanderbank se quedó pasmado:
—¿Por los hombres que acuden de visita a esa casa?
El señor Longdon atenuó ligeramente esa manera de expresarlo:
—SÃ, y dentro del cÃrculo social de su propia familia. ¿Dónde está la «desazón»… de que ella sea aceptada como miembro del mismo?