La edad ingrata

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III

Ante esto, Vanderbank abandonó su extremo del sofá y, con las manos en los bolsillos y un aire tan divertido que habría podido tomarse por excitado, dio unos pasos por la habitación mientras su interlocutor, observándolo, esperaba una respuesta. Como quiera que dicha respuesta se hizo esperar durante un minuto, ahora el anciano fue quien se sentó, y entonces Vanderbank se detuvo enfrente de él con un semblante en el cual un elemento se había avivado de un modo aún más llamativo:

—Usted me pregunta más cosas de las que puedo responderle. Usted me pregunta más cosas de las que me parece que sospecha usted. Debe venir a visitarme otra vez, debe permitirme ir a visitarlo. Usted plantea las más interesantes cuestiones, y tarde o temprano habremos de ventilarlas todas.

Ante semejante perspectiva el señor Longdon pareció contento, pero una vez más sacó su reloj:

—Faltan cinco minutos para la medianoche. Lo cual significa que debo marcharme ya.



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