La edad ingrata
La edad ingrata Presentándose en Buckingham Crescent tres días después del domingo transcurrido en Mertle, Vanderbank se encontró a Lady Fanny Cashmore en pleno acto de despedirse de la señora Brook y se encontró a la propia señora Brook en el estado de sorda exaltación que constituía el marchamo de toda su relación —y acaso especialmente de sus despedidas— con Lady Fanny. Esta espléndida criatura divulgaba y exteriorizaba, por así decirlo, tan poco que Vanderbank quedó nuevamente impresionado ante todo lo que la señora Brook lograba percibir y asimilar, si bien nada, a ese respecto, en Buckingham Crescent, había quedado más plenamente establecido que el imperturbable grandor de la casi total ausencia, por parte de la renombrada beldad, de expresión verbal. Todos y cada uno de los aspectos de este fenómeno habían sido generosamente discutidos allí y se había derrochado infinito ingenio examinando detenidamente cómo era posible que gracias a un mero rostro espléndido se evitase que a la gente la aburriera mortalmente semejante dosis de lo que en cualquier otro caso el mundo habría calificado como absoluta estupidez. La señora Brook era quien, en este asunto como en tantos otros, había logrado la suprema formulación del mecanismo, había dictaminado, bastante acertadamente, ante cualquier persona interesada: «Mi querido amigo, todo retrotrae, como de costumbre, a un sencillo problema de arrojo personal. Se trata únicamente, no importa cuándo o dónde, de tenerlo en cantidad suficiente. Lady Fanny tiene la valentía de todo su silencio… hasta tal punto que la hace salir airosa del trance y es lo que en realidad la vuelve fascinante. No tener miedo de lo que pueda ocurrirte cuando no tienes más cosas que decir personalmente que un barco de vapor sin faros… en verdad ése es el más elevado heroísmo, y la grandeza de Lady Fanny es que jamás tiene miedo. Arrostra el riesgo cada vez que hace vida social: arriesga, como si dijéramos, tranquilamente su vida. Simplemente te mira tras esa gloriosa máscara y a efectos prácticos te dice: “No pienso abrir los labios, no (lo que se dice abrirlos), durante los cuarenta minutos que voy a permanecer aquí; pero serenamente te desafío, así y todo, a que me asesines por ello”. Y nosotros no la asesinamos: nos entusiasmamos con ella… si bien cuando cualquiera de nosotros la ve en un círculo de otras personas es como ver a un ciego corpulento en mitad de la calzada de Oxford Street. Dan auténticas ganas de avisar a la policía». Vanderbank, antes de que su compañera de visita se la llevara puesta, tuvo el beneficio de poder contemplar la gloriosa máscara y a duras penas habría podido no sentirse divertido ante el modo como era únicamente la señora Brook la que exhibía indicios de agotamiento mental. En el platillo opuesto de la balanza, Lady Fanny se mostraba radiante y olímpica, de tal guisa que aunque saltaba a la vista que entre las dos mujeres habían pasado muchas cosas, todas ellas le habían pasado exclusivamente a la anfitriona. En resumidas cuentas la presencia que impregnaba el ambiente era sólo la de Lady Fanny, que tocó a su fin cual un banquete o una procesión. La señora Brook abandonó la habitación con ella y, al regresar, estaba henchida de dicha presencia: