La edad ingrata
La edad ingrata —¿Quieres decir que no me sienta tan seguro no sea que la presunción termine subiéndoseme a la cabeza? ¿Realmente estás previniéndome contra la fatuidad?
—Tus «realmentes», mi querido Van, son un poco intimidatorios, pero me da la impresión de que, antes de contestarte, hay una pregunta que tengo derecho a hacerte. ¿«Realmente» albergas lo que se llama intenciones respecto de mi hija?
—Tu pregunta —repuso Vanderbank— muestra con exactitud el nivel de tu sapiencia sobre esta materia. Además no entiendo muy bien por qué hablas como si yo estuviera prestándole una atención repentina o anómala. ¿Qué he hecho durante los últimos tres meses sino estar hablándote sobre tu hija? ¿Qué has hecho tú sino estar hablándome a mà sobre ella? Desde el momento en que por primera vez hablaste conmigo («enrabietadamente», según recuerdo que lo calificaste) sobre el cambio introducido en tu vida social por su finalmente efectiva, su perpetua, su inexorable participación… desde ese momento, ¿qué hemos estado haciendo ambos sino reflexionar juntos sobre el problema de adecentar el salón, como lo expresaste tú (¿o como lo expresé yo?), para un joven espÃritu femenino?
La señora Brook encaró bastante serenamente la frontalidad de aquella demanda: