La edad ingrata
La edad ingrata La señora Brook apenas vaciló:
—A no ser que prefieras tomártela como la forma que adoptará el tuyo.
Por unos momentos Vanderbank semejó examinar aquella propuesta bastante cortésmente, mas con la consecuencia de advertir un obstáculo:
—Oh, me temo que deberé dar vueltas a la noria durante todo el mes y que para cuando me den las vacaciones ya habrá dejado de sonar definitivamente cualquier Anillo en Bayreuth[17]. ¿Tu plan es llevar allà a Nanda? —preguntó.
Ella alargó el brazo para hacerse con otro cojÃn y dijo:
—Si te es imposible sumarte a este proyecto, ¿por qué habrÃa de interesarte ese punto?
—Mi querida amiga —y el visitante se dejó caer en un asiento—, ¿supones que mi interés depende de futesas tales como aquello a lo cual yo pueda sumarme? De sobra sabes —siguió en un tono distinto— por qué me preocupo por Nanda e inquiero sobre ella.
Ella fue absolutamente rauda:
—De sobra lo sé, igual que sé que se trata de un motivo ilegÃtimo. ¡No te sientas tan seguro!
Por unos instantes permanecieron mirándose mutuamente.