La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, en realidad las intenciones muertas de Edward constituyen una compañÃa muy animada y digna del perpetuo luto espiritual en que parecemos pasamos la vida entera. Son peores que los parientes que constantemente perdemos sin que por ello semeje decrecer su número, y todos los dÃas espero enterarme de que el Morning Post lamenta tener que anunciar también en este sentido algún nuevo óbito. Las apariciones que tienen lugar tras las muertes de tantÃsimas intenciones son particularmente terrorÃficas en el crepúsculo, de tal forma que en esta época del año, en que las horas se hacen interminables, me alegro de tener conmigo a cualquiera que pueda mantenerlas a raya.
Vanderbank no habÃa tomado asiento; lenta y familiarmente se paseaba por la estancia:
—Y ¿dónde está Nanda?
—Oh, ella no supone ningún alivio: más bien convoca a los espectros más horripilantes. Edward y Nanda y Harold y yo sentados juntos somos todo un caso para esa… ¿cómo demonios se llama?… Sociedad investigadora[16]. Privados del dulce recreo de la Casucha —continuó la señora Brook—, a partir del 10 tendremos que arreglárnoslas solos para damos forraje unos a otros. Tal vez Mitchy —agregó— insistirá en invitamos a ir a Bayreuth.
—¿Será ésa la forma, quieres decir, que adoptará su propio forraje?