La edad ingrata
La edad ingrata —Claro, ¿cómo puedes estar segura si ella es incapaz de decÃrtelo?
—¡Huy, si yo dependiera de que ella tuviera que decirme algo…! —Dicho esto, la señora Brook sacudió uno o dos cojines del sofá y se dejó caer en el extremo que habÃa arreglado. Era calurosa la tarde de agosto y agobiante el aire londinense; además la habitación, aunque agradablemente umbrÃa, exhalaba la ranciedad tÃpica de final de temporada—. Si no hubieras acudido hoy —siguió—, ya no habrÃas podido verme hasta no sé cuándo, pues hemos vuelto a alquilar la Casucha (a cambio de una miseria, pero aun asà la hemos alquilado) y el viernes me voy de la capital para comprobar que no esté demasiado cochambrosa. Edward, que está furioso a causa de lo que he cobrado por ella, tenÃa el plan de que este año pasáramos allà estas fechas nosotros mismos.
—Y ahora —recogió sus palabras Vanderbank— esa acariciada ilusión se ha convertido simplemente en el fantasma de una intención muerta, un fantasma que, en compañÃa de un millar de predecesores, ronda esta casa en el crepúsculo y os asalta desde los rincones más siniestros.