La edad ingrata

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—«Nosotros», mi querido Van —replicó por último—, es uno de tus antológicos toques inimitables. Pero hay algo de verdad en lo que dices: he estado, en confianza entre nosotros (entre él y yo), alentando a Mitchy. Me refiero a que he estado diciéndole: «Espera, espera; por lo menos no des ningún paso en otra dirección». Sólo que justamente es debido a la hondura de mi preocupación por la felicidad de mi hija por lo que me he aferrado a ese recurso. Mitchy haría cualquier cosa por ella tan absoluta y desprendidamente. —Ahora ella había alcanzado, dentro de su extraordinario autocontrol, el clímax de una mansa efusión benigna—. Quiero que la pobre criatura, que diable, cuente con una flecha de repuesto en su carcaj y un bollo de reserva, cuando llegue su desolada ancianidad, en la despensa. Cuando todo lo demás haya fallado, Mitchy seguirá al pie del cañón. ¡Entonces por lo menos será exclusivamente culpa de ella…! —insistió la señora Brook—. ¿Qué puede dispensarme del deber básico de lomar precauciones —resumió— si sé con tanta certidumbre como que estoy aquí mirándote…?

—Sí, ¿el qué? —preguntó él al quedarse callada.




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