La edad ingrata

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—Caramba, pues que en la medida en que ellos cuentan contigo, cuentan, mi querido Van, con un espejismo. —Cautivándolo un instante como con la suave voz baja del destino, triste pero firmemente ella realizó un ademán negativo—: No te casarás con mi hija. —¡No me digas! —exclamó él en voz casi demasiado alta. —No te casarás con mi hija —insistió.

—¡Canastos! —Él se lo tomó a broma.

—No te casarás con mi hija —reiteró.

Fue como si por fin no pudiera menos que mostrarse realmente sobrecogido; sin embargo lo que a continuación espetó fue lo que en verdad podía haberlo impresionado más:

—¡Eres magnífica, de veras!

—¡El señor Mitchett! —anunció casi irrespetuosamente el mayordomo, apareciendo en la puerta; ante lo cual Vanderbank se volvió inmediatamente hacia la persona anunciada.

Allí estaba el señor Mitchett y, anticipándose a la señora Brook en darle la bienvenida, su amigo le comunicó sin variantes:

—¡Ella es magnífica!

Al momento Mitchy fue todo interés:

—¡Ya lo creo! Pero ¿cuál ha sido su última gesta?


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