La edad ingrata
La edad ingrata Entretanto la destinataria de todo este encomio habÃa vuelto a acomodarse en su sofá, donde recibió el homenaje de su nuevo visitante.
—Yo no soy magnÃfica, qué va; es el querido señor Longdon quien sà lo es. Acabo de recibir por intermedio de Van la más maravillosa noticia relacionada con él: su manifestación de su deseo de convertir en apetecible para alguien el casarse con mi hija.
—¿«Convertirlo» en apetecible? —Mitchy se quedó atónito—. ¿Es que acaso no lo es?
—Mi querido amigo, pregunta a Van. Por supuesto tú siempre has opinado asÃ. Pero debo decirte, con todo y eso —siguió la señora Brook—, que me dejas encantada.
El propio Mitchy ya habÃa tomado asiento, pero Vanderbank permanecÃa de pie e incluso se habÃa puesto un tanto tieso. No estaba enfadado —nadie del cÃrculo más Ãntimo de Buckingham Crescent se enfadaba nunca— pero se lo veÃa serio y algo atribulado.
—Aunque fuese algo indudablemente positivo —encaró directamente a su anfitriona—, no acabo de entender por qué haces esto. Me refiero a divulgarlo de inmediato.
—Huy, pero ¿es que alguna vez le ocultamos algo a Mitchy? —preguntó la señora Brook.