La edad ingrata

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XXII

Entretanto la destinataria de todo este encomio había vuelto a acomodarse en su sofá, donde recibió el homenaje de su nuevo visitante.

—Yo no soy magnífica, qué va; es el querido señor Longdon quien sí lo es. Acabo de recibir por intermedio de Van la más maravillosa noticia relacionada con él: su manifestación de su deseo de convertir en apetecible para alguien el casarse con mi hija.

—¿«Convertirlo» en apetecible? —Mitchy se quedó atónito—. ¿Es que acaso no lo es?

—Mi querido amigo, pregunta a Van. Por supuesto tú siempre has opinado así. Pero debo decirte, con todo y eso —siguió la señora Brook—, que me dejas encantada.

El propio Mitchy ya había tomado asiento, pero Vanderbank permanecía de pie e incluso se había puesto un tanto tieso. No estaba enfadado —nadie del círculo más íntimo de Buckingham Crescent se enfadaba nunca— pero se lo veía serio y algo atribulado.

—Aunque fuese algo indudablemente positivo —encaró directamente a su anfitriona—, no acabo de entender por qué haces esto. Me refiero a divulgarlo de inmediato.

—Huy, pero ¿es que alguna vez le ocultamos algo a Mitchy? —preguntó la señora Brook.


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