La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, absolutamente: el modo como Nanda se la recuerda y la «hermosa devoción» que lo ha hecho tomarle tal cariño a Nanda. Pero ya he adivinado la situación; no hace falta que pongáis los puntos sobre las Ães. —Dedicándole otra mirada a su compañero de visita, Mitchy se irguió de repente y permaneció allà rubicundo—: Te ha ofrecido dinero a cambio de casarte con ella. —Le dijo esto a Vanderbank como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Huy, no —intervino la señora Brook con presteza—; simplemente le ha comunicado antes que a ningún otro que el dinero está ahà para Nanda y que por consiguiente…
—…¿el primero que llegue se queda con el premio? —habÃa completado ya Mitchy las palabras de ella—. Entiendo, entiendo. Entonces, para asegurar el destino del dinero —le inquirió a Vanderbank—, ¿debes casarte con ella?
—Si de eso depende todo, ella nunca lo recibirá —respondió la señora Brook—. El querido Van meditará concienzudamente sobre ello, pero no se casará con mi hija.
—¿De veras no lo harás, Van? —preguntó Mitchy desde la alfombrilla de chimenea.