La edad ingrata
La edad ingrata Fue hermosa la sonrisa del señor Longdon; resultó tan expresiva que cuando enseguida principió a hablar pareció como si ya hubiese contado la mitad de su propia historia:
—Vaya, mi vida adoptó cierto método. No tenÃa más remedio, o no sé lo que habrÃa sido de mÃ, y colaboraron a sacarme de apuros varias cosas que sobrevinieron todas juntas de improviso. Mi padre murió; heredé aquella pequeña propiedad en Suffolk. Mi hermana, la única que yo tenÃa, la cual estaba casada y era mayor que yo, perdió en el plazo de uno o dos años tanto a su marido como a su hijito. La invité a venir al campo, pues su aflicción era más honda que la mÃa. Ella vino, y se quedó; la cosa siguió asà año tras año, y allà pasamos nuestra vida juntos. Nos compadecÃamos mutuamente, y de algún modo ello nos consolaba. Pero murió hace dos años.
Vanderbank asimiló todo esto, sólo que deseando mostrar —a estas alturas deseándolo con entero afecto— que incluso era capaz de leer entre lÃneas todo lo no dicho. Rellenó otro de los intervalos de su amigo:
—Y aquà está usted. —Luego invitó al propio señor Longdon a dar la gran zancada—: Pues bien, usted va a tener un gran éxito.
—¿Qué entiende usted por un gran éxito?