La edad ingrata
La edad ingrata —Caramba, que vamos a entusiasmamos tantÃsimo con usted que su vida se le convertirá en algo abrumador. Muy pronto verá a qué me refiero.
—Es posible —dijo el anciano—; para comprenderlo a usted, no tendré otro remedio que ver eso. Usted me habla de algo que, hasta ahora (llegado casi al término de mi vida), no he conocido en modo alguno. De joven no tuve ningún éxito. Quiero decir ningún éxito del tipo que más me importaba. La gente no me prestaba atención.
—Pues bien, nosotros le prestaremos atención —declaró Vanderbank. Luego añadió—: ¿De qué gente habla? —Y antes de que pudiera contestar su amigo, aventuró—: ¿De Lady Julia?
Fue tácito el asentimiento del señor Longdon:
—¡Ah, ella no fue la peor! Quiero decir que lo que lo hacÃa tan penoso —continuó— era que en realidad todas me apreciaban. Y la madre de usted, me parece (me refiero a eso: al temible, consolatorio «aprecio»), aún más que las otras.
—¿Mi madre? —se sorprendió Vanderbank—. ¿Quiere decir que hubo la posibilidad…?
—Oh, pero nada más que durante medio segundo. Ella no lardó mucho en tomar su decisión. Fue cinco años después de la muerte del padre de usted. —Esta explicación fue ofrecida con gran delicadeza—. Ella podÃa casarse de nuevo.