La edad ingrata
La edad ingrata —SÃ… con toda clase de personas absurdas.
—Pero yo quiero decir… ¿lo aceptarÃas a él? Incorporándose, Nanda acogió la pregunta con un raudo «¡SÃ!» irónico que fue su primera manifestación de impaciencia. Y agregó:
—Es tan maravilloso gozar de aprecio sin gozar de aprobación.
Pero la señora Brook no anheló sino saber más:
—¿El señor Longdon no aprueba…?
—No, pero da lo mismo. Todo va maravillosamente bien, pese a ello.
La señora Brook pareció preguntarse, sin embargo, cómo podÃa ir todo maravillosamente bien:
—¿No desea que renuncies a nada? —Tuvo la pinta de discurrir velozmente a qué podÃa renunciar Nanda.
—Oh sÃ, a todo.
Fue como si por un instante le pareciera enigmática su hija; después la señora Brook esbozó una extraña sonrisa:
—¿A m�
La muchacha fue absolutamente rauda:
—A todo. Pero en el fondo no le gustarÃa mucho que lo hiciese.
Su madre volvió a guardar silencio.