La edad ingrata
La edad ingrata —¿Es que el señor Longdon desea adoptarte? —preguntó. Entonces con mayor celeridad y tristeza, aunque también un poco como desprovista de valor para seguir pidiendo información adicional, declaró—: Nosotros no soportarÃamos renunciar a ti, Nanda.
—MuchÃsimas gracias, mamá. Pero no nos veremos sometidos a tan dura prueba —dijo Nanda— porque adónde todo va a parar parece ser a que en realidad soy yo quien está lo que tú llamarÃas adoptándolo a él. Me refiero a que poco a poco estoy cambiándolo… enseñándole gradualmente que, asà como de ninguna manera yo habrÃa podido ser diferente, y asà como naturalmente hay un lÃmite para las cosas a que se puede renunciar, la única salida que él tiene es dejar de preocuparse y cargar conmigo tal como soy. Eso, ¿no te das cuenta?, es lo que él nunca habrÃa esperado hacer.
Hasta cierto punto la señora Brook aceptó la explicación, pero no se deshizo enteramente de su propia especulatividad:
—Pero… er… cargar contigo, «tal como eres», ¿adónde?
—Pues al museo de South Kensington.
—¡Ah! —dijo la señora Brook. Luego, sin embargo, con un tono más ejemplar, preguntó—: ¿Te lo pasas tan sumamente bien durante tus largos ratos con él?
Por unos instantes Nanda semejó preguntarse cómo expresarlo.